Ser ciego y autosuficiente, un camino de superación personal.
Después de quedar ciego de adolescente, y de pasar cuatro años encerrado en su casa, Javier Podestá, porteño de 54 años, “se hartó de estar harto”, agarró el bastón blanco y se animó a vencer el miedo y la vergüenza. A continuación, su historia, que demuestra que, con esfuerzo, todo es posible.
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Javier Podestá vive en Buenos Aires, tiene 54 años y lleva una vida muy activa. Trabaja en la Editora Nacional Braille y Libro Parlante, y canta en el Coro Polifónico Nacional de Ciegos. Además, hace running y es terapeuta holístico. En la adolescencia quedó ciego debido a una enfermedad sin cura, y si bien le tomó algunos años, un día decidió "dejar de estar harto", asumió que necesitaba salir a la calle con bastón y retomó su vida.
Asegura que la manera de lidiar con las limitaciones de no poder ver es aprender a ser paciente. En su vida cotidiana, la calle pone a prueba su temple todos los días, con los múltiples obstáculos para caminar por las veredas o cruzar la calle, y ciertas reacciones de los transeúntes que, aunque en general con buena voluntad, resultan hirientes o simplemente molestas. "No es grato que te traten como una cosa", asevera.
Sin renunciar a su individualidad, Javier explica que el necesitar de un bastón para moverse lo volvió parte de un grupo social minoritario que sufre marginalidad, y que requiere de una mayor difusión y concientización sobre sus problemáticas para empezar a mejorar su situación.
En diálogo con DEF, compartió su historia: ver link.
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